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8:35 am viernes, 23 abril 2021
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Un murguero pincha discos en la azotea de su casa durante el confinamiento

Pepe Marrero trabaja en una empresa de agua, cada día, puntual, llega a El Rincón, Las Palmas de Gran Canaria, donde está su oficina. Viaja en su coche sólo, destino a su puesto de trabajo, y observa en “la soledad que hay en las calles”, un silencio impuesto por el confinamiento, sólo roto por pocas personas cuando van a comprar, sacan al perro a pasear o se dirigen a trabajar. Una estampa que le “inspiró”, dice, para sacar su mesa de mezclas y sus altavoces de alto voltaje a la azotea de su casa de Firgas y aportar momentos de distracción, diversión y un puntito de felicidad a golpe de canciones.



Esta Semana Santa, aupado por sus vecinos, ha animado durante una hora las tardes noche de la villa grancanaria, disfrazado con los atuendos que atesoró y tiene a buen recaudo tras su paso por la Afilarmónica Los Nietos de Kika, con la que sigue colaborando. “Soy murguero”, dice a mucha honra, y lo lleva escrito en los genes, su cara seria se transforma cuando se disfraza, lo mismo se mete en el papel de un escocés que en los fajines y chaqué de purpurina de un maestro de ceremonias del carnaval cuando sube a su azotea, enchufa sus aparatos de dj y pega a pinchar música, con el único fin de “ayudar a que nos olvidemos por un rato de lo que está ocurriendo”.



Pepe se define como “uno más de los que están pasando por este momento de confinamiento aislados”, pero en el fondo tiene algo que lo diferencia, que es que él puede aportar, pinchando música, un rato de esparcimiento a los que lo pueden escuchar, que son muchos, porque cuenta con unos buenos amplificadores de sonido y porque el eco del barranco lo ayuda.

Sus vecinos lo animan: “Sacan los móviles e iluminan con ellos desde sus ventanas y balcones, se comunican de esa manera y me aplauden. En esos momentos siento lo mismo que ellos”, explica, porque se estremece al escuchar ciertas canciones, que lo transporta a otros lugares o que le ponen los pelos de punta. “Me distraigo y ayudo a que los demás se distraigan, me gusta y no me cuesta nada”, cuenta.



Su idilio con la azotea espera que se acabe “pronto, porque eso significará que todo este mal sueño se habrá acabado”, reflexiona en alto este “buscavidas”, como él se autodenomina, que además de pinchar, saca sonrisas con su “Mastro Paco”, un guiñol canario y pícaro con el que se dedica a hacer espectáculos de humor por la Isla, murguero y camarero a ratos.

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